Conversamos con el escritor y psicoanalista Germán García

Una tarde de verano del año 2013, tuve una larga conversación con el escritor y psicoanalista argentino Germán García en su consultorio de Barrio Norte que nunca fue publicada. De aquella desgrabación inédita, rescatamos hoy algunos párrafos muy interesantes para nuestros lectores.

Desde Nanina, Nietzsche, Freud y Althusser a Masotta, Lacan y Miller, con escalas variopintas en la entrañable revista Literal, el Instituto Di Tella y la calle Corrientes; desde Henry Miller, Leo Stauss hasta los jóvenes de hoy, los avivados, los vagos y los que no, hete aquí un apasionado lector, un Germán García sólo idéntico a sí mismo.

Comencemos por Nanina, tu primera novela, ¿te parece que hoy en día hay una vuelta a los textos de esa época? O ¿por qué la reeditaron ahora y no en otro momento?

GG. La gente ve como novedades reediciones de libros que no conocían de los años ‘60, te digo por ejemplo Anzieu, todos estos franceses, Sollers, Deleuze, Guattari, Foucault, no? todo eso se sigue leyendo ahora pero son libros que acá se tradujeron en los años ‘60. Lo único que ha variado es que aquella época estaba muy ligada a la cultura francesa, sobre todo a la narrativa, y eso hoy dio como resultado una literatura urbana que no es el populismo de aquella época, la cosa de los submundos. Las diferencias no son cortes, no es lo que hubo. Por ejemplo, la importancia que dan la nuevas generaciones a gente como Rodolfo Walsh, más incluso que la que tenía en aquel momento. Juan José Saer o el mismo Ricardo Piglia, también escriben desde los ‘60.

Pero, ¿cómo se enlaza esto a las nuevas generaciones?

GG. Lo que es interesante es la aparición de una nueva generación de narradores, veremos hasta dónde va la cosa, algunos de ellos para mí son muy buenos como Félix Bruzzone o Juan José Becerra, que son autores muy leídos, me parece que es una generación que era muy joven cuando nosotros estábamos ahí. Esta nueva generación tiene otra manera de editar que es un fenómeno diferente pero también por la estructura económica, por la desaparición de las editoriales porque las editoriales en aquella época eran argentinas y se editaba acá. Ahora tenés que ganarte un premio. La gente más joven hace pequeñas editoriales, entre que hay máquinas que permiten editar desde pocos ejemplares, hasta que se utiliza el soporte de las redes para difundirse, se crea un fenómeno interesante porque es un fenómeno en red. Antes si vos salías en primera plana, a dos páginas ya eras bestseller, hoy en día podés salir dos páginas en Ñ y no sos bestseller.

Se llega a los lectores de otra manera.

GG. Obviamente ninguna época es igual a otra, pero tampoco hay que creerse ese cuento norteamericano que cada diez años cambia la administración de la vida, a eso Marx lo llamaba la velocidad de la mercancía, esto ya perimió, quiero otro celular… etc. Ahora hay autores nuevos, películas nuevas y al final todo da vuelta como la moda, y está la moda retro, también están los libros retro, yo creo que hay una especie de moda retro respecto a los ‘60, ‘70, ‘80 más o menos.

Exacto, ¿a ese mismo fenómeno atribuís la reedición de Nanina?

GG. Lo de Nanina, primero que es algo que se dio, creo yo, que captó Ricardo Piglia, es una novela escrita en primera persona, el que narra es una especie de adolescente, un poco más, una persona joven en aquella época, ahora ni siquiera sería un niño, el narrador tiene 20 años y a él le parecía que hay mucha escritura en primera persona ahora, creo que en parte está ligado a eso. Pero también está ligado al hecho de las tensiones y cosas que provoca alguien cuando padece y también desaparece, en aquella época estábamos en una especie de guerrita de bandas, de quién imponía a quién qué cosa, como es la cultura.

En relación a esto, ¿cómo ves a los lectores hoy en día?

GG. Me parece que hay muchos lectores impresionistas, mucho del “me gusta porque me gusta”, de hecho no hay teoría literaria, una crisis de letra total. En aquella época había una crítica estructuralista, marxista, lingüística o filológica y vos decías eso no sirve o sí sirve. Ahora más bien me parece que no hay una tendencia, la gente lee lo que le gusta, pero la gente siempre lee lo que le gusta. No creo que lean críticamente, me parece, la prueba es que no hay más crítica, que se fundieron todas las revistas literarias y que lo único que hay de crítica son las pastillas de los suplementos donde meten dos o tres reportajes a gente famosa y punto.

¿Cómo fue tu experiencia desde ser escritor hasta encontrarte atravesado por el psicoanálisis?

GG. El modo de circulación social era diferente en este punto, había grupos de gente, que estaban totalmente al margen del mercado, de toda esa historia y había toda una tribu que circulaba por distintos lugares, los pintores circulaban por el Di Tella, por el Moderno, Paraguay y Florida, allá por el bajo y los que escribíamos circulábamos preferentemente por la calle Corrientes, un circuito también muy acotado, desde Callao al Obelisco. La gente se agrupaba por afinidades amistosas, te hacías amigo de otros, hacías banda con ellos, defendías cosas en común, uno puede sumar muchas cosas respecto a la revolución cubana, la llegada de un montón de ideas de izquierda pero más la francesa, Althusser, esto y lo otro, todo eso va creando una especie de clima que parte el mercado. Las editoriales, como Emecé por ejemplo, que era una editorial aristocrática, las Obras completas de Borges, Victoria Ocampo, Sur lo mismo; Sudamericana lo era menos pero estaba más metida en los bestseller internacionales que en la literatura argentina. Hoy sería imposible lo que ocurrió entonces, que Cien años de soledad de García Marquez se edite en la Argentina y quien lo editó fue Sudamericana y vendieron en un año 100000 ejemplares. Buenos Aires y la Ciudad de México eran los dos polos del boom latinoamericano. Era un fenómeno, uno de los grandes como estaban Carlos Fuentes, Cortazar, Lezama Lima, Donoso, había de todos los países, de Chile, y todo eso estaba muy teñido porque estos escritores, Viñas mismo, eran jurados en Cuba del concurso Casa de las Américas, una cosa así politizada. La banda en que yo andaba era más estilo a la Beat Generation americana, tipo Henry Miller, una literatura más provocativa y anárquica entre comillas.

Para vos, ¿quiénes eran tus referentes en ese momento, o quiénes te gustaban más?

GG. Yo siempre fui muy lector, para mí el autor que más tuvo peso fue Macedonio Fernández y otro que sigo leyendo hasta hoy es Witold Gombrowicz, yo escribí un libro sobre Gombrowicz, escribí sobre Macedonio también. Eran autores que usaba como autores de batalla, después por gustos literarios he leído muchos libros, los italianos me gustaban mucho, Pavese, Rossellini, el neorrealismo de posguerra italiano, llegaba mucho cine italiano y llegaban libros de autores italianos o sea que uno leía un poco de todo.

¿Cómo fuiste haciendo ese pasaje de la literatura al psicoanálisis?

GG. En realidad no es un pasaje, yo siempre tuve una cabeza teorizante, empecé a leer filosofía y no entendía nada pero empecé a leer desde los 14, 15 años.

¿Vos viniste a Buenos Aires a los 16 años?

GG. Sí, a los 16 y me entusiasmé con Nietzsche, estaba ahí delirando con Nietzsche, con Zaratustra y la literatura que leían los adolescentes de esa época Burroughs, Hermann Hesse, la literatura dogmática, siempre leí eso y después seguí leyendo a Normad Brown, un libro que se llamaba Eros y Tánatos, antes de él a Freud y después leí a Marcuse: Eros y civilización, por ese lado yo empecé, me acuerdo, y después con la filosofía ordené mucho mi cabeza porque conocí a Carlos Astrada, me ordenó todas las cosas, la cronología, las líneas filosóficas en qué leer y cómo.

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A veces el tiempo de concluir lo desata las frases contundentes. También el timbre de la puerta. Llega su analizante, alguien que viene del interior del país especialmente a su sesión. Germán García abandona por un rato sus libros, para prestarse a la escucha analítica.

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