La tragedia de Cromañón desde el balcón

Desde la nochecita que escucho música en el ambiente, es jueves, se acerca fin de año. Voy al comedor, salgo al balcón, pregunto un par de veces en voz alta: ¿De dónde vendrá la música? Por supuesto mis preguntas quedan flotando en el aire sin respuesta, es que mi hijo que ya tiene veinte años, se entretiene con su computadora en la habitación haciendo oídos sordos a mis inquietudes.

Pero esa música no cesa, se escucha más y más fuerte cuando avanza la noche. Ya son más de las 23 hs., cuando vuelvo sobre la cuestión pero esta vez directamente.

¿Sabés de dónde viene esa música, Juli?, pregunto con cierta angustia incomprensible.

¡De Cromañón, má! Es el acto de todos los años por Cromañón, responde con esa seguridad que lo atraviesa o quizás debiera decir, me atraviesa como un rayo.

Claro, ese nombre es el que me inquieta una y otra vez a esta altura del año: Cromañón.

Vivo a tan sólo una cuadra de allí, hace veinticuatro años. La noche del 30 de diciembre de 2004, estábamos en casa junto a mis hijos que tenían siete y doce años. De golpe empezaron los gritos, la gente corría con palos en las manos por Av. Rivadavia, salimos al balcón a ver qué pasaba pero al comienzo no entendíamos bien. ¿Sería una pelea entre bandas? ¿A dónde corrían desesperados con palos? Iban en dirección a la Plaza Once, los podía ver desde mi balcón del piso diez.

Los sonidos se hicieron cada vez más intensos, pero esa vez no era música lo que me inquietaba. Se sumaron sirenas de ambulancias, policías y luego creo que llegaron los bomberos. Mi hijo Julián es el más chico, y estaba conmigo mirando todo desde el balcón con sus ojos enormes. Mi hija comentaba con sus amigas que algo raro pasaba en el barrio.

¿Qué pasa?, ¿por qué esa gente está tirada en el piso de la vereda má?, preguntaba Juli y yo no sabía qué responder. Las madres solemos ensayar respuestas para proteger a nuestros hijos ante estos duros acontecimientos, pero mucho no me salía. Se sentirán mal, hace mucho calor…

El teléfono de casa comenzó a sonar, familiares y amigos se comunicaban preocupados por nuestra cercanía a Cromañón. Que si estamos todos bien, que tengamos cuidado con lo que está pasando, que el fuego, que las corridas y avalanchas y así seguían los comentarios.

Lo cierto era que el humo se sentía cada vez más fuerte, intenso, asfixiante. Los gritos seguían, desesperación, la gente tirada en las veredas crecía. Muerte, mucha muerte invadía el aire.

A esa altura ya los noticieros de la televisión cubrían la noticia. Claro, esos muchachos corriendo con palos eran los que quisieron abrir los candados y cadenas de las otras puertas del local. No lo lograron. Muchos quedaron atrapados en lo que se convirtió en una trampa mortal.

Del sonido ensordecedor de esa noche, pasamos al silencio sepulcral de la mañana. Recuerdo haber bajado cerca del mediodía a comprar algo y me crucé con el escritor Gustavo Di Pace que era por ese entonces mi vecino. De hecho para nosotros, en nuestra relación lo seguimos siendo, así nos reconocemos con un simple “Hola vecino” y sabemos de nuestra existencia.

El vecino es el otro, el semejante que nos hace de testigo en la historia. El diálogo hace posible la constitución de una sola, unísona voz que es la del nosotros. Por eso, esta noche necesité escribirle.

“¡Hola vecino! ¿Te acordás esa mañana después de Cromañón que nos cruzamos en la puerta del edificio? Se acercaba fin de año pero todos estábamos de duelo. ¿Quién va a poder festejar?, susurraste…”

“¡Hola vecina, tanto tiempo! ¿Cómo no acordarme? Yo volvía de ver a un amigo en Parque Lezama y algo le habían contado a él por teléfono, pero yo no había captado la real dimensión del asunto. Empecé a ponerme nervioso cuando llegaba a casa y vi algunas ambulancias desde el colectivo. Ni bien abrí la puerta, otro amigo me llamó desde Chile para preguntarme si estaba bien, la noticia había traspasado las fronteras. Ahí encendí la tele y reaccioné. Tantos pibes muertos… era escalofriante. Ahí caí, ahí entendí todo. Me quedé duro, no podía moverme, me costaba pensar. Tampoco pude dormir. La muerte a veces te produce ese atontamiento, esa lentitud. Me acuerdo que el brindis al otro día fue como el de esas fiestas en las que, en el momento de chocar las copas, se recuerda a un ser querido que ya no está. Tuve la misma sensación. Y no, vecina, quién iba a poder festejar ese fin de año.”

La música se transformó en ahogo, la fiesta en pesadilla. Pasaron trece años, este sábado 30 de diciembre de 2017 a las 22.45 hs. se encenderán 194 velas en la puerta del boliche Cromañón y se soltarán 194 globos con los nombres de cada uno de los fallecidos. Para mí, será ineludible verlos volar al cielo desde el balcón.

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